“…Y la humanidad, que tan alto había llegado, cayó muy bajo. Lo que antes se había consagrado al alma, se consagraba ahora al comercio…”
Tomado de “La Conjura de los necios” de John Kennedy Toole.
Contemplando la actual escena literaria, nos podemos dar cuenta como el verdadero legado de escritores del siglo pasado ha perdido vigencia, a tal punto que los supuestos herederos del arte de las letras han vendido su conciencia al devorador animal del comercio y el lucro.
Un ejemplo de esto es la música, sitiada y destruida por los mercaderes de corte mediático, que solo piensan en sus abultadas chequeras, dejando la verdadera esencia artística en el olvido y el desuso.
Infortunadamente la literatura no se ha escapado a tan mediocre destino, hemos cambiado el razonamiento conceptual por las soluciones fantásticas a corto plazo, hemos cambiado los valores establecidos y las posturas personales por ideas prestadas, palabras leídas y puestas de moda por las publicaciones masivas hechas en internet, última fórmula experimentada por escritores como Stephen King, para aumentar su fama de autor ‘terrorífico’.
Dentro del grupo de textos incluidos en los de moda están los de ‘auto ayuda’ o ‘auto superación’, libros de poco trabajo literario y poco trasfondo creativo.
Valle Inclán decía “Las cosas no son como las vemos, sino como las recordamos”, y al recordar nuestro pasado literario, nos encontramos que en Colombia se presentaron propuestas innovadoras y la cultura crítica afloró en todo su esplendor. En nuestro país cuatro grandes grupos literarios se estacionaron en la historia y se convirtieron en influencia por su carácter, personalidad e intelectualidad:
Los Nuevos
Entre 1920 y 1930 apareció en el ámbito literario colombiano un grupo de poetas y prosistas de corte insurgente, sarcástico y burlesco. Nombres como León de Greiff, Luis Carlos López, Luis Vidales y Fernando González se hicieron sentir. Este último muy dado al estilo evocativo, cuyo erotismo se diluye en una especie de religiosidad pagana o paganizante. Todo este conjunto de escritores claramente influenciados por dos de los grandes poetas colombianos de la historia: José Asunción Silva y Porfirio Barba Jacob, este último destacado por su definido malditismo, ángel luciferino asumiendo la poesía como una batalla espiritual, además recordado por su peregrinaje por parte de América, huyendo de su propio duelo emocional.
Aunque el grupo de los Nuevos aportó al ámbito literario un nuevo aire, se sumergió en un afán oculto por las formas verbales de corte romántico europeo, dejando un desencanto por ser una pobre versión romántica cursilesca.
Piedra y Cielo
En la década siguiente se consolidaría una generación de poetas y escritores cuyo tema central fue el corazón, esta generación buscaba un lirismo puro, un matrimonio perfecto con la metáfora. Entre los más destacados de este equipo estaban Eduardo Carranza y Jorge Rojas. Proclamaron enérgicamente la libertad de imaginar y de expresar sin mala conciencia y sin ánimo de polemizar. Para ellos no existió compromiso ni desafío alguno, excepto con la metáfora.
La poesía piedracielista fue vista por algunos como una regresión a la poética tradicional, temas y formas de sensibilidad acrítica, además de una quietud inercial y un tibio sentimentalismo, se alimentaron de la ficción sobrenatural del catolicismo. Dejaron a un lado el humor conscientemente crítico y la nostalgia elegante y más o menos señorial de algunos de los poetas del grupo de los Nuevos.
Este autismo cardiaco que olvidó al hombre y una asombrosa ingenuidad vivencial fue lo que tuvieron que superar los escritores que vendrían después a intercambiar su talento cargado de mayor volumen creativo.
Mito
Cuando apareció en la década del 50 la revista cultura ‘Mito’, jamás se imaginaron sus miembros y sus mismos precursores, que pasarían a la historia como la publicación de mayor vigor e influencia en la literatura colombiana, su director, el nortesantandereano Jorge Gaitán Durán, aglutinó a escritores en un proyecto ideológico con el fin de universalizar a la intelectualidad colombiana de avanzada. La revista, desde su primer número, expresó su compromiso de situarse en el presente y asimilar el pensamiento que en ese momento se estaba produciendo.
Los escritores respondían a la necesidad de interpretar lo contemporáneo, tanto en poesía como en crítica social, en artes plásticas como en la política, en narrativa como en filosofía. Es evidente además su acento ‘Sartriano’, con frases que parecían calcadas del filósofo francés, dejando siempre un auténtico espíritu de crítica total.
El éxito de este grupo radicó en que toda una generación trabajó bajo una misma visión, esto ayudó a marcar diferencia con las dos generaciones anteriores. Siete años de vida, 42 ediciones interrumpidas por la desaparición de su director, dejaron un gran vacío y una nostalgia cultural que fue resumida en la siguiente frase “En MITO comenzaron las cosas”.
El Nadaísmo
Revuelta literaria aparecida en 1958 con el pretexto de tener lo dado y lo recibido en la cultura y la moralidad colombiana como ‘Nada’.
El nadaista no participaba, no militaba como rebelde activista. El Nadaísmo fue necesario como actitud, pues el país estaba sumido en un conformismo y el autoritarismo familiar y clerical se imponían. La rebelión era justa, también oportuna. Conscientemente percibida ya no solo por la juventud, sino también por incontables adultos asegurando el éxito publicitario, inmediato, resonante y festivo de la iniciativa nadaista.
Estéticamente la prosa y el verso de este grupo aportaron muy poco, podríamos resaltar el humor, la irreverencia, la visión insólita de lo cotidiano y las consignas efectivistas. Este equipo será recordado por ser una cachetada a un país anacrónico y tercamente engañoso.

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