Dice un viejo refrán “La verdad os hará libres”. ¿Libres de qué? ¿De sufrir o de morir?

Nadie tiene libertad porque existe un miedo, eso es indudable y el que anida en el hombre es mucho más terrorífico que las crueldades cometidas en nombre de intereses tan sagrados como la patria, la humanidad o el mismo dios.
La imagen de la paz con su mensaje encubridor, sus principios sobre la dignidad humana y su sendero recto, provoca apenas una sonrisa ingenua ante algunas que aparecen en los periódicos de todos los días.
Y el miedo es, también, dejarse arrastrar por la ignorancia. Lucha por construir, por ayudar, por empujar juntos para que este viejo y querido mundo ruede en su órbita algunos millones de años más. Pues lo verdaderamente insólito es el olvido, el caos, la quietud paralizante, la oscuridad, en síntesis, la Nada.
¿Qué puede ser más terrible que pensar que nada habrá después de la muerte?
Qué seremos rápidamente olvidados por nuestros seres queridos, nuestra tumba derruida y nuestras pertenencias extraviadas…
¿Qué es más terrible que sospechar que en algún momento podemos no haber sido?
Qué da lo mismo que hubiéramos pasado o no por la vida…Ese es el verdadero horror. Aún la libertad condicional encierra alguna esperanza.
Si ante el avance de las máquinas que solo multiplicará desempleo para las futuras generaciones, oponemos la defensa activa del capitalismo, es posible que nos prometan la libertad condicional.
Si ante la prédica y sentenciosa de las religiones elevamos la cabeza y esbozamos cierta sonrisa de escepticismo, es posible, también, que nos prometan la libertad condicional. Pero si por encendernos en la emoción supersticiosa, dejamos adormecer más nuestras neuronas, poco o mucho tiempo después, no importa cuando, nuestro cuerpo solo o todo el planeta, estarán reducidos a polvo y sumidos en el olvido. Seremos parte de la Nada.

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